lunes, 13 de abril de 2009

Sombra, muéstrame el camino...

Llega de la universidad a la casa donde vive con tres amigos más. Para suerte suya, la casa está vacía. Se quita los zapatos. Se siente dueño de todo. Enciende una lámpara que titila como si el foco se fuera a quemar. Aunque tiene sueño, se acomoda en el sillón y toma un libro, dispuesto a pasar la noche perfecta de soledad y descanso. Se sienta a leer pero algo le llama la atención. Su sombra se está moviendo. Su sombra. Se pone de pie delante de él y le hace una seña con la mano. Le pide claramente ir a jugar. El corre tras ella –porque es ella, es mujer, un hada negra, una ausencia cariñosa y visible- y la persigue por los cuartos hasta que salta para atraparla junto a su cama. La sombra escapa pero deja caer una caja de fotos. Allí está él, cuando era niño, de la mano de su mamá. El con sus amiguitos. El en todas las fotos de su infancia que robó antes de irse de casa. Siente algo –otra sombra dolorosa y muy oscura- atravesando su alma, pero decide seguir a la primera, su sombra feliz que ahora corre hacia la puerta y le pide salir a la calle.
Corren. Atraviesan parques. Giran alrededor de todos los matos floridos. Pasan delante de las casas donde vivió y de los sitios donde jugó, hasta llegar a su colegio infantil que ahora le parece minúsculo, casi de juguete. Se siente grande y niño a la vez. La sombra lo lleva frente a la casa de su madre y lo impulsa a subir a un árbol, el mismo de donde se cayó cuando era niño.
El sube riendo y, de repente, se cae otra vez. El golpe lo hace sangrar. El dolor lo indigna. Quiere llorar como niño: recuerda que el día en que cayó su madre lo había dejado solo y él la culpó. Miró a su alrededor y vio la esquina en que odió a su madre cuando se separó de papá. La calle en que la odio al ver que se enamoraba de otro. La puerta en que la maldijo sin palabras por preferir siempre a su hermano mayor.
La sombra lo abraza con fuerza para que salgan sus lágrimas.
Luego, sin pedirle permiso, toca la puerta. Su madre abre.
La sombra la señala y él, decidido, le dice todo. Le dice de todo. Le grita, le llora, le pide explicaciones, le dice todo lo que sintió, le reclama. Siente como nunca sintió ante ella. Se queda vacío mientras la sombra lo mira con alivio y respeto.
La madre lo mira en silencio. Luego llora sin gestos, y lo abraza. Le rasca la cabeza. Lo lleva a caminar. No se dicen nada pero todo se siente.
Terminan junto al árbol y él se trepa.
Mamá lo mira.
Él no se cae.
Vuelve a casa alegre. Ha perdonado. Se sienta a leer pero la luz no enciende. Ahora toda la casa es sombra. Recoge el libro que dejó en el suelo. No puede leer más que el título.
Peter Pan.

Gracias a César de María.

1 comentario:

  1. Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, con tal de que no la ame.

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